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Alguna vez hemos hecho la experiencia de que nuestros vínculos “hacen aguas”, como si se nos escurrieran de las manos. Aun, cuando deseamos construir vínculos sólidos en los que nos sintamos amados y amemos con libertad, no siempre lo conseguimos. Sucede que el mundo que nos rodea influye en nuestras decisiones, comportamientos, sistema de valores e incluso en las emociones que experimentamos. ¿Podemos realmente abstraernos del tiempo en que vivimos?

En la pareja, la amistad, la familia, el trabajo las relaciones padecen de “fragilidad”, que dificulta el durar en el tiempo. Muchas veces, esos lazos ocupan un tiempo y un espacio en nuestra vida, y luego se escurren por las fisuras de nuestras infidelidades, los conflictos, el abandono y la falta de diálogo. Y al desaparecer dejan su huella de dolor, de soledad y de tristeza. Gran parte de las adicciones de nuestro tiempo tienen su raíz en este flagelo de la carencia de vínculos que perduren, que sostengan y que ayuden a sanar heridas. Experiencia que se traduce en el “aferramiento” a falsos sustitutos de esos vínculos ausentes.

¿Es posible construir vínculos sólidos? ¿Podemos hacer algo diferente para fortalecer nuestros vínculos y no quedar presos de las consecuencias de la fragilidad?

Esa fragilidad tiene su base en la inmediatez y en el deseo de satisfacer nuestras necesidades sin demora, utilizando a nuestros vínculos como “cosas” para ese objetivo. Y una vez satisfechas esas necesidades… ¿qué? Pasamos a otra cosa, a nuevas necesidades y expectativas a satisfacer con estos u otros vínculos, personas, tareas, cosas. Pues el centro está puesto en nosotros y nuestras necesidades. Y este círculo genera un desgarro constante, una carrera que no termina por hacernos sentir llenos, dejando gusto a tristeza y ausencia de lo que realmente nos importa.

¿Cómo romper este círculo?

Se trata de “salir de nosotros mismos”, hacia los demás, en dos pasos. El primer paso es afirmar nuestra identidad como hijos de un mismo Padre hermanos en Cristo reconociendo en el marco de esta verdad qué es aquello que verdaderamente nos importa. Y el segundo paso es poner el centro de nuestras relaciones más en darse que en recibir. Asumiendo el compromiso de ayudar a otros a afirmar su identidad, descubriéndose hijos y hermanos, sanando sus heridas y ayudándolos a encontrar lo que verdaderamente importa.

El círculo se rompe sintiéndonos responsables unos de otros, saliendo de la globalización de la indiferencia como nos dice Francisco y asumiendo la vida de los hermanos que sufren, como parte de nuestra vida.

Este mes en que somos invitados a rezar para que todas las personas bajo la influencia de las adicciones estén bien ayudadas y acompañadas meditemos que centrar la vida en Cristo fortalece nuestros vínculos. Se trata de dejar que Él nos llene de sentido, nos dé verdadera identidad y nos mueva a salir de nosotros mismos en favor de nuestros hermanos.

Bettina Raed
Coordinadora Internacional Click To Pray

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