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¡He visto al Señor!

Es la expresión de María Magdalena, cuando sale corriendo a anunciar a los discípulos que el Maestro la había encontrado y la había enviado a anunciar lo que ella misma había visto y oído. Esta es la experiencia de la Resurrección, la experiencia de un “encuentro” con quien es la fuente de la Vida, la fuente la alegría que no tiene fin, el consuelo profundo que nos da plenitud.

Ante todo, y por sobre todo la Resurrección es una experiencia, es algo que vivimos, algo que podemos contar, que nos acontece, lo sentimos, nos pasa a nosotros y pasa por las realidades que vivimos. Esta experiencia pide de nosotros apertura y disponibilidad. La Resurrección del Señor no fue un espectáculo de brillos y colores, con bombos y platillos que anunciaban el triunfo de Jesucristo.  El Señor no fue a verlo a Herodes para proclamar su poder, ni a decirle a Pilatos que verificara que efectivamente su reinado no era de este mundo. ¡No! El triunfo del Señor se hizo encuentro, se hizo consuelo, se hizo paz. El Señor se apareció a sus amigos, a sus discípulos a quienes lo esperaban entre miedos y esperanzas. Jesucristo muerto y resucitado fue en búsqueda de quienes lo amaban y deseaban profundamente estar con Él, quienes habían compartido sus penas y alegrías, quienes sufrían su ausencia y lloraban su muerte en la cruz.

Antes, con los discípulos, hoy es contigo y conmigo. El Señor se nos hace encuentro, y el desafío está en dejarse encontrar. Pero cómo Él aparece, como brote frágil, con sencillez, en las cosas simples de cada día, en pequeños retoños de Vida que crecen en realidades muertas, en nuestras luchas, en nuestros miedos, en nuestras relaciones conflictuadas, en medio de nuestros problemas. Allí está el Señor saliendo al encuentro, dando Vida. De nosotros depende “ver y creer”, que al encontrar lienzos vacíos, no pensemos que han robado el cuerpo si no que ha resucitado, que no se trata del jardinero sino del Señor que nos llama por nuestro nombre. El Señor nos encuentra en el camino como a los de Emaús y nos hace arder el corazón cuando nos habla de nuestra vida, cuando nos dice cómo Él se nos hace presente, cuando nos relata en lo que vivimos el amor que nos tiene. El Señor se hace encuentro al partir el pan en comunidad, con otros.

¡He visto al Señor! ¡Es el Señor Resucitado! Que ese sea nuestro anuncio, que se haga alegría, consuelo, paz, pan partido en comunidad con nuestros hermanos.

Bettina Raed
Directora Regional Red Mundial de Oración del Papa
Argentina – Uruguay

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