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Rafael De Brigard, Pbro Junio 28, 2020 – 02:05 AM

Se están rasgando las vestiduras nuestros enemigos de oficio al oír que la Iglesia pide ayuda para seguir funcionando pues tiene muchas obligaciones económicas y ahora pocos ingresos. Esto quiere decir que los hombres y mujeres de Iglesia, son un sector que le aporta a la sociedad de muchas maneras, trabajando, y no dedicados a criticarlos todo. Estos curas, como dicen los anteriores, y esas monjas, como dicen también los mismos, camellan y lo hacen duro y parejo. Y la mejor prueba de que no son capitalistas consumados es que ahora la platica se les está acabando, porque se la gastan toda en lo que sigue ahora como informe sintético.

Primero, comen y sostienen sus viviendas, servicios públicos, su salud y su vestuario, porque son seres humanos con todos los derechos de cualquier ciudadano. Pero en eso se va poca plata. Gastan mucho dinero pagando empleados -porque dan bastante empleo- y generalmente lo hacen con todo lo que manda la ley. Tienen miles de obras de toda índole en las cuales dan más empleo. Y allí dan educación, y muy buena. Tienen centros de salud, muy dignos y también de mucha calidad y caridad. Sostienen en alimentación a miles de personas que, de no ser por estos “curas y monjas”, literalmente se morirían de hambre, mientras los críticos de oficio discuten frente a un micrófono o teclean mensajes anónimos o escriben libros y artículos de economía.  Y prestan también el servicio de hablarle y predicarle a la gente, con palabras de esperanza, de fortaleza, de solidaridad, cosa muy diferente al terror que a diario difunden eses jueces de la humanidad. En fin, si la Iglesia necesita platica es para que miles de personas puedan vivir decentemente y por lo visto esto los molesta a los “críticos”.

Los obispos, los sacerdotes, las religiosas (los monseñores, los curas, las monjas, en el lenguaje de los que miran los toros desde la barrera), estamos entrenados para vivir en abundancia y en escasez. No le tememos a la pobreza, a la indigencia y ni siquiera al martirio mediático. Eso hace parte de esta misión. Pero sí nos hace temblar de tristeza ver que el odio de unos pocos “críticos” puede dejar sin comida a los más pobres, sin buena educación a miles de niños y jóvenes, sin amparo a centenares de ancianos, sin atención digna a muchos enfermos, sin acompañamiento a los moribundos, sin el pago del arriendo a unas cuantas familias que solo en el clero encuentran apoyo real.

A mí, sinceramente me parece que detrás de algunos “críticos” hay un profundo odio a los pobres, más que a nosotros y no quisieran que nadie se pusiera de parte de ellos. Están encabinados en un mundo irreal y temen que a sus modernas consolas llegue este grito de los desesperados. También les va a llegar. Y seguro que todos ya tienen visa americana o nacionalidad europea para salir corriendo cuando los pobres golpeen a sus puertas. ¡Apuesto mi raquítico sueldo contra el de ellos a que eso es así!

Pero la idea que quería transmitir era una sola: católicos, apoyen a su Iglesia económicamente para que siga ayudando a mucha gente. Y también hagan lo mismo los miembros de otras iglesias con sus congregaciones. Es el mandato divino. Los tres párrafos anteriores no tienen ninguna importancia.

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